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No Man’s Land. Tierra de nadie

Fecha: 
07 de Marzo del 2017
Autor: 
Jorge Álvarez Máynez
Cultura

 

La vida es una constelación de realidades virtuales.

Por más libre que seas, nunca terminarás de ser dueño de tu mente.

Harold Pinter escribió “No man’s land” a los 44 años, tres décadas después de finalizada la segunda guerra mundial y en su etapa de consolidación como dramaturgo.

La obra, que llegó a ser interpretada y dirigida por el propio Pinter recientemente, fue llevada nuevamente a las tablas por el director galés Sean Mathias, con las actuaciones estelares de Ian McKellen y Patrick Stewart, acompañados por Billy Crudup (uno de los secretos mejor guardados en el mundo de las artes escénicas) y Shuler Hensley (que es la gran revelación actoral de la puesta en escena).

¿A quién le pertenece nuestro tiempo?

¿Le pertenece, nuestro tiempo, a las personas que fueron parte de nuestro pasado? “La vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda” escribió en sus últimos años Gabriel García Márquez. Y es una de las varias tribulaciones con la que “No Mans Land” enfrenta a su audiencia.

A medida que la vida diluye los recuerdos, ¿Cómo reaccionar ante los efectos distorsionadores de un pasado al que uno le debe su identidad? ¿Cómo preservar la noción de lo real frente a una realidad que constantemente es confrontada, superpuesta, negada, alterada por otras?

Han pasado varios meses de la ruptura, pero la ruptura no termina de suceder. Una compañía que dejó de serlo se resiste al exilio. Intentaste interrumpir su tiempo, pero ella no te lo cedió. Ella es dueña de tu tiempo.

El tiempo no es, ni remotamente, tuyo. El tiempo (tu tiempo) es tierra de nadie.

¿Gobernamos nuestra mente?

El sueño volvió. Las primeras horas de tu día le pertenecen a ese sueño. Y, probablemente, también las últimas horas del día le pertenezcan.

Lo piensas. Una y otra vez. No había otra alternativa. Era lo que tenías que hacer.

Sin embargo, un impulso desconocido te gobierna. En medio de la felicidad, de la alegría, del aburrimiento. Ninguna emoción le es inmune. Ningún método es suficiente. Ningún estado de ánimo le es impenetrable.

No es parte de tu última publicación de Facebook ni se lo contaste al compañero del trabajo en el que más confías. Te esfuerzas en restarle importancia, pero a ojos abiertos y a ojos cerrados, es el filtro con el que miras un conjunto de imágenes que se esfuerzan en que las definas como realidad.

Jugamos a ser dioses de realidades virtuales pero hay algo que siempre nos recuerda que no somos capaces, siquiera, de gobernar nuestra mente. Independientemente de lo que suceda afuera, nuestro interior es tierra de nadie.

¿Cómo se llamó la obra?

El protagonista de las artes escénicas es el ser humano.

Rectifico. Es “la” protagonista. Y es la naturaleza humana.

Las costuras que el cine disimula, son las mismas que el teatro insiste en potenciar.

Spooner (Ian McKellen) y Hirst (Patrick Stewart) no nacen siendo conscientes del texto de Pinter. Acompañan al espectador en la confusión inicial. Su interpretación evoluciona de forma paralela al proceso de asimilación del público.

McKellen y Stewart logran que quien está sentado en la butaca se apropie, al mismo tiempo que ellos, de las palabras que Pinter puso en sus labios.

Que un texto complejo y lleno de matices y destellos brutales de honestidad, como el de Pinter, se haya encontrado con dos actores como Stewart y McKellen es un hecho afortunado para cualquiera.

¿La obra? La obra se llamó Karina. Dueña del tiempo, de la mente, de las tablas, de la escena y, sobre todo, de la realidad que más importa. De ella es la tierra de nadie.

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